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Cuando la tierra tiembla, también se revela el abandono

Crónica de los terremotos que marcaron a Venezuela

Crónica | Stefanie Díaz

El terremoto no pidió permiso. No esperó a que las familias estuvieran preparadas, a que los edificios hubiesen sido evaluados, a que las rutas de emergencia funcionaran o a que las instituciones tuvieran respuestas claras. La tierra se movió como ocurre en cualquier país expuesto a fenómenos naturales. Lo que vino después, sin embargo, no puede explicarse únicamente como una tragedia inevitable.

Un terremoto ocurre y no podemos controlarlo. Lo que sí puede, y debe controlarse, es la prevención, la respuesta, la planificación, la supervisión de estructuras, la educación ciudadana y la atención oportuna a las comunidades. Cuando todo eso falla, el desastre no empieza exactamente el día en que tiembla la tierra. Empieza mucho antes, en cada advertencia ignorada, en cada edificio deteriorado sin revisión, en cada comunidad sin orientación y en cada ciudadano que aprende a vivir con miedo porque no tiene a quién acudir.

El 24 de junio de 2026, Venezuela volvió a entender que el miedo también puede entrar por el piso. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el norte del país, al oeste de Caracas, y el organismo advirtió que los movimientos podían generar deslizamientos importantes en distintas zonas afectadas. Primero fue el movimiento. Después, el ruido. Luego, la confusión. En cuestión de segundos, lo cotidiano se convirtió en emergencia.

La tarde en que la rutina se interrumpió

Las lámparas comenzaron a balancearse, las paredes crujieron, los vidrios se rompieron y miles de personas salieron a la calle sin saber si podían volver a entrar a sus casas. Lo que minutos antes era una sala, una oficina, una habitación, un edificio familiar o una avenida transitada, pasó a convertirse en una pregunta urgente: ¿sigue siendo seguro permanecer aquí?

En La Guaira, una de las zonas más golpeadas, la tragedia tomó forma entre edificios colapsados, familias atrapadas y calles cubiertas de escombros. En Caracas, Aragua, Carabobo y otros estados del centro-norte del país, los reportes comenzaron a multiplicarse: grietas, estructuras comprometidas, personas evacuadas, daños visibles y comunidades enteras intentando ordenar el caos con teléfonos en la mano y miedo en la voz.

Al cierre de esta redacción, medios internacionales reportaron que las autoridades habían elevado la cifra oficial a 2.954 fallecidos y 16.592 heridos, mientras continuaban las labores de búsqueda entre los escombros. Pero ninguna cifra, por más necesaria que sea, alcanza para contar lo que se perdió. Una cifra no dice quién estaba cocinando, quién bajó corriendo las escaleras, quién llamó a su madre sin recibir respuesta, quién quedó bajo los restos de su propia casa o quién sobrevivió, pero no ha podido dormir desde entonces.

Después de un terremoto no solo se cuentan muertos y heridos. También se cuentan viviendas que dejaron de sentirse hogar, rutinas interrumpidas, cuerpos en alerta, niños asustados, adultos intentando parecer fuertes y familias que no saben si regresar o no a lo único que tienen. El daño visible está en las paredes, en los escombros y en las grietas. El otro, el que no siempre aparece en los balances oficiales, queda en el cuerpo de quienes siguen sintiendo que todo se mueve aunque la tierra esté quieta.

El desastre que no empieza con el sismo

En Maracay, el impacto también se sintió en la incertidumbre. Vecinos de distintas zonas comenzaron a reportar daños visibles en estructuras residenciales, grietas en paredes, temor por posibles réplicas y ausencia de respuestas inmediatas sobre la seguridad de algunos edificios. En sectores como La Floresta, Las Delicias y otras áreas del municipio Girardot, la preocupación no era solo por lo que había pasado, sino por lo que podía pasar después.

Allí aparece una de las preguntas más difíciles de esta tragedia: ¿cuánto daño fue causado por la fuerza inevitable del terremoto y cuánto por años de abandono, falta de mantenimiento, ausencia de prevención o respuestas tardías? No se trata de negar la magnitud del fenómeno natural. Un sismo fuerte puede causar destrucción incluso en países con protocolos, infraestructura y capacidad de respuesta. Pero precisamente por eso la prevención no es un lujo: es una obligación.

La tierra puede temblar en cualquier momento. Lo que no debería tambalearse es la responsabilidad de quienes tienen el deber de cuidar. La construcción segura, la fiscalización, los simulacros, la señalización, la actualización de planes de emergencia, la revisión de edificaciones vulnerables y la comunicación transparente no detienen un terremoto, pero sí pueden reducir sus consecuencias. Cuando esos elementos no existen, llegan tarde o no se cumplen, la tragedia natural se encuentra con una tragedia social ya instalada.

En una emergencia, la negligencia no siempre tiene un solo rostro. A veces aparece como una estructura que nunca fue inspeccionada. A veces como una denuncia ignorada. A veces como una comunidad que no sabe a dónde acudir. A veces como una respuesta oficial que no llega con la rapidez que exige la vida. Y a veces como el silencio que queda después, cuando la ciudadanía termina organizándose sola porque no puede esperar más.

Informar en medio del miedo

Durante las primeras horas, las redes sociales se llenaron de videos, audios, capturas, llamados de ayuda y reportes ciudadanos. Algunos eran reales y urgentes. Otros estaban incompletos, desactualizados o no podían verificarse. En medio de la desesperación, compartir parecía una forma de ayudar, pero en una emergencia la información también puede hacer daño si no se confirma.

Un dato falso puede desviar ayuda. Una imagen vieja puede generar pánico. Una lista no verificada puede lastimar a una familia. Un rumor puede entorpecer una búsqueda. Por eso informar en medio de una tragedia no es publicar más rápido que todos; es publicar con responsabilidad. Es confirmar antes de amplificar. Es entender que detrás de cada nombre hay una familia y detrás de cada imagen hay una historia que merece respeto.

Para los medios, periodistas, comunicadores y ciudadanos que documentan lo ocurrido, el reto no es menor. Hay que mirar el dolor de frente sin convertirlo en espectáculo. Hay que exigir respuestas sin usar la tragedia como consigna vacía. Hay que acompañar a las víctimas sin invadir su duelo. Hay que narrar lo que pasa sin olvidar que muchas veces quien informa también está atravesado por la misma herida.

En días así, el periodismo local se vuelve todavía más necesario. No solo para contar cuántos edificios cayeron, cuántas personas fueron rescatadas o cuántos centros de acopio están activos, sino para registrar aquello que suele quedarse fuera de los comunicados: la angustia de los vecinos, la incertidumbre de las familias, la ausencia de información clara y la capacidad de una comunidad para sostenerse cuando todo parece fallar.

La solidaridad no puede sustituir la responsabilidad

Mientras avanzaban las horas, médicos, rescatistas, voluntarios, periodistas, vecinos y ciudadanos comenzaron a hacer lo que podían con lo que tenían. Hubo quienes cargaron botellas de agua, quienes organizaron centros de acopio, quienes trasladaron personas, quienes acompañaron a familias, quienes verificaron reportes, quienes abrieron espacios de contención emocional y quienes siguieron trabajando aun estando afectados.

Venezuela respondió, como tantas veces, desde la solidaridad. Pero esa solidaridad no puede convertirse en sustituto permanente de la responsabilidad institucional. La ayuda ciudadana salva, acompaña y sostiene, pero no debería ser la única respuesta. No puede depender solamente de vecinos, voluntarios, médicos agotados, comunicadores independientes o personas improvisando soluciones en medio del colapso. Es admirable que la gente se organice; también es doloroso que tenga que hacerlo tantas veces para llenar vacíos que no le corresponden.

La emergencia también golpeó la movilidad y las comunicaciones. El País reportó daños en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, principal terminal aérea del país, con afectaciones en su infraestructura, desvío de vuelos hacia Valencia, retrasos y restricciones en operaciones internacionales no regulares. El mismo reporte señaló que las telecomunicaciones seguían en proceso de recuperación. En una tragedia, cada minuto importa. Cada carretera, cada llamada, cada ambulancia, cada señal telefónica y cada decisión pública puede marcar la diferencia entre encontrar a alguien con vida o llegar demasiado tarde.

Por eso esta crónica no puede quedarse únicamente en el dolor. Tiene que nombrar también la responsabilidad. Los terremotos no se pueden evitar, pero sí se puede construir mejor, inspeccionar a tiempo, educar a la población, diseñar planes de emergencia, responder con transparencia y escuchar a las comunidades antes de que una tragedia las obligue a gritar.

Lo que queda después

Venezuela no necesita que le digan que fue una tragedia. Eso ya lo sabe. Lo siente en los edificios vacíos, en las familias de luto, en los centros de acopio, en las calles llenas de incertidumbre y en la ansiedad de quienes todavía se despiertan con la sensación de que todo vuelve a moverse. Lo que Venezuela necesita ahora es memoria, verdad y responsabilidad.

Memoria para no reducir esta tragedia a una fecha. Verdad para no esconder cifras, fallas ni negligencias. Responsabilidad para que el dolor no quede enterrado bajo discursos, excusas o silencios. Porque el 24 de junio la tierra tembló, pero también tembló la confianza de muchas personas en quienes debían protegerlas.

Cuando pase la emergencia inmediata, cuando las cámaras se apaguen y las publicaciones disminuyan, quedará una tarea más profunda: acompañar a los sobrevivientes, atender la salud mental, evaluar las estructuras, exigir respuestas y reconstruir no solo paredes, sino garantías. La tragedia no termina cuando deja de moverse la tierra. Continúa en quienes perdieron su casa, en quienes esperan justicia, en quienes lloran a sus familiares y en quienes siguen preguntándose si pudo evitarse parte del daño.

No podemos controlar cuándo se moverá la tierra. Pero sí podemos exigir que la vida de la gente no dependa de la improvisación, del abandono, ni de la suerte.

Nota editorial: Desde Mindspot News reiteramos la importancia de compartir únicamente información verificada durante esta emergencia. Si tienes reportes sobre daños estructurales, centros de acopio, personas que necesitan ayuda o iniciativas comunitarias en Aragua, envíanos la información con ubicación, fecha, hora, evidencia y contacto verificable. Informar con responsabilidad también es una forma de cuidar.



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